Un espantapájaros de diez metros recortado contra el horizonte.
Enfrentada a esa cruz de rama y caña, una figura humana hecha de hojas de laurel: un suplicante. Un montón de siluetas de búhos con ojos de caracú y, ensartado en el mismo alambrado, un hombre de barro arrodillado, con los brazos levantados al cielo, tal vez gritando, tal vez sufriendo.
Cerca de ese hombre un perro inmenso hecho con atados de leña. Un tronco caído se transformó en un toro. Había media res hecha de chapas y restos de máquinas viejas, colgada de la nada. Ni el galpón ni el trípode la soportaban.
En el monte una figura de barro y chalas, con su cueva de ramas y sus ofrendas votivas. Dos bichos enfrentados, un duelo entre animales salvajes. En otro claro del bosque, un elástico metálico hacía de blanco de tiro.
Adentro del palomar un pájaro de cuatro metros custodiado por velas, y rodeado por los cuatro elementos como un mandala. Un caballito medio dragón. Nuevos espacios, refugios. Cabezas, mascarones, que nunca vieron el agua, armados de prepo con una lata y un palo. Corteza y barro tropezaban en el camino del bosque.
Todas estas escenas parecen múltiples rituales. Sin embargo la consigna había sido hacer escultura. Nadie habló de ritual. ¿Por qué todas, entonces, cual más cual menos, adquieren ese carácter? El hecho de ir un grupo de gente a un espacio determinado y en un tiempo recortado, separados de lo cotidiano, propicia algo de esto. Pero ello no basta, lo que a nuestro entender otorga el aura ritual a estas esculturas es el medio y los materiales con que fueron hechos. Por estar inmersos en la naturaleza y por haberla trasformado: O bien subvirtiendo sus propios elementos o bien haciéndola partícipe de una obra construida con elementos que le son claramente ajenos. Acaso en una fábrica o en un lugar de desechos industriales esta experiencia adquiriría un carácter político.
¿Quién ha visto a las hormigas adorando al sol? La naturaleza, cuando es sagrada, lo es para nosotros. Todas las civilizaciones antiguas reconocieron dioses en las fuerzas naturales. Hoy la ciencia y la tecnología parecen haber suplantado este lugar. Pero esto sólo en un análisis superficial. El asombro ante las maravillas de la naturaleza no desaparece al 'explicarse' cómo se producen -la diferencia de presión no da cuenta de una tempestad- sino que son siempre y cada vez inaprehensibles en la emoción que nos producen. Por más que la ciencia moderna se haya esforzado en tomar a la naturaleza como un mecanismo, ésta no funciona como un reloj. Los cálculos siempre fallan, y no por el factor humano (en el lugar donde fallan, nosotros creemos ver un signo de lo sagrado). Ninguna caja negra puede contarnos por qué no llueve cuando los meteorólogos pronosticaron precipitaciones ni tampoco por qué un hombre puede cortar la lluvia con un facón. Las maravillas tecnológicas, en cambio, se acaban cuando se conoce su mecanismo, asombro y respeto se deshacen al explicarse el proceso que las causa. No importa que los detalles de esa explicación nos sean inaccesibles, basta con que nos digan que la luz que se enciende cuando uno pasa bajo un umbral depende de un sensor para que nos desinteresemos del fenómeno y lo usufructuemos sin más. Las maravillas del arte comparten con las naturales esa insuficiencia de la explicación, ese plus que está en la base de la emoción estética. Tampoco en el arte el desmontaje del proceso da cuenta de la creación. No hay recetas para lograr una obra de arte, el cálculo es impotente, siquiera para aquél que una vez creó.

Un peral nunca va a dar olivas, pero ninguna pera es igual a otra. Aunque, claro, las hormigas no las diferencien. Por esa diferencia que sólo nosotros vemos le suponemos a la naturaleza una voluntad, un designio. Pero esa unicidad es distinta entre las obras de la naturaleza y las de arte. Las unas son todas distintas -la famosa figura de los dos copos de nieve- pero se repiten y son reemplazables, intercambiables. Para apreciar el portento de la estructura de una hoja o de un caracol -siempre inagotables- nos da lo mismo cuál haya caído en nuestras manos. Imposible intercambiar el David de Miguel Angel con los Burgueses de Calais. Imposible incluso preferir. Aquí sí hay una voluntad, una intención expresiva que interviene en el mundo desde un sujeto irrepetible. El arte se define por quebrar el círculo de lo que hay, es arte cuando crea una nueva realidad, una forma que no existía antes.

Discontinuo por definición, el arte se liga con lo sagrado por cortar la homogeneidad de tiempo y espacio cotidianos. Lo sagrado también es discontinuo: es lo absolutamente otro. Por eso, incluso cuando intentamos comulgar con la naturaleza, lejos de confundirnos con ella, la subvertimos y aparece algo que toca lo sagrado. Tomamos el mismo elemento y lo subvertimos al introducir un sentido distinto con una carga cultural (la naturaleza no se angustia, no tiene pulsión creativa). El arte se liga también con lo sagrado por el lado de la trascendencia. Y eso en varios sentidos. Trasciende lo histórico y lo personal. Va más allá de lo útil y rescata lo inútil, se caracteriza por su gratuidad. Trasciende también el orden de valores establecidos, confunde lo de arriba y lo de abajo, el bien y el mal, lo bello y lo feo..